¿Has sentido alguna vez miedo: miedo a vivir, miedo a morir, miedo a la soledad y a otros más? Parece en realidad un montaje de la mente, que
anticipa un posible futuro doloroso, pues: ¿Cuántas veces nos hemos hallado
solos sin temer? De esta forma nos hacemos conscientes de que no se trata del
número de personas en una habitación; es en realidad un sentimiento más
complejo, es aquello que surge al ser abandonado. O el miedo a la muerte, que no es miedo a lo que pasará después de dar el último suspiro; si no el miedo a sufrir el dolor desprendido de la pérdida; como cuando vemos partir a alguien “valioso” o cuando el
ser amado “muere”.
Pese a que en nuestra historia personal, la vida nos muestra el camino, pareciera que nunca estamos verdaderamente preparados para ello, lo cual resulta irónico; pues nos aferramos a la materia y al alma de seres que ni nos pertenecen ni mueren; ya que el alma es eterna y no puede ser de nadie más que de uno mismo, y se nos ofrece desde los planos superiores, con la intención de aspirar a la sabiduría y alcanzar esos niveles de amor infinito que no podemos concebir más que en sueños.
Pareciera que en un punto de nuestra vida, cuando experimentamos la materia; dicha interacción resulta tan maravillosa, que nos aferramos a ella; nunca estamos lo suficiente artos, de tal forma que acumulamos, ansiamos, e incluso declaramos guerras a pueblos, que como nosotros, desconocen que la materia no tiene dueño ni aquí ni en el infinito.
Lo mismo sucede con los seres
queridos, cuando una enfermedad nos anticipa que su vida corre peligro, inicia
el martirio; el miedo a ser abandonado, a no ser ya la madre, la hija, o la
esposa, olvidando que somos más, que un simple estatus. Incluso dejamos de ver a la
persona como un ser potencialmente saludable; condenándole y matándole en
silencio, pues no hay honestidad de pensamiento, sentimiento u obra.
Ingenuamente nos aterra pensar que morirá, sin
saber que el alma es eterna, que la tierra no es su lugar y que más allá del
mundo que miramos; existe un mundo que nos observa y espera; es ese mundo
maravilloso donde se encuentra nuestro Yo real, el Yo superior que nos espera
luego de tanta sabiduría adquirida de la aleación de las experiencias y
el conocimiento.
¿A que viene entonces el miedo a
vivir, el miedo a morir, el querer poseer y pertenecer…? La vida es eterna, y
el amor infinito; debemos aprender a repartir ese amor y a vivir sin miedo a la
muerte, pues no hay mentira más falta de fundamento que la muerte. Así mismo
debemos recordar que nadie puede poseer un alma que no sea suya, por lo que no
seamos nosotros faltos de juicio; quienes intentemos apropiarnos de un alma ajena.
Dejemos, que de la forma en que ha llegado, se marche y con felicidad, veamos un
ciclo que termina y otro que empieza.
Apreciemos al ser divino de cada
persona y dejémoslo fluir con el nuestro, para que sus virtudes toquen nuestros
defectos y nos transformen en un ser que vibre tan alto como los ángeles. Permitámonos
vivir en armonía y de manera perfecta con nuestro entorno, pues nada puede ser más
justo que la vida. No temamos: dejar, perder o se rechazados, porque nada que necesitemos
se nos negará. Ofrezcamos nuestras
virtudes al mundo, pues siempre habrá quien esté falto de ellas. Y no olvidemos
en el proceso, que somos almas en movimiento, en cambio constante; almas que de aprendices desarrollan
la maestría de ser ellas mismas, de tal forma que no evolucionamos como se
pretende; si no que con el paso del tiempo, luego de tirar las máscaras
gastadas, hemos de reconocer la luz que somos.

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