Dicen que la indiferencia es la distancia mas larga...
A veces nos sentimos presos de la indiferencia, pareciéramos no importarle a nadie, a veces nos sentimos incomprendidos, otras no amados, por lo que, en esa medida, tratamos de corresponder; siendo indiferentes: Indiferentes al dolor, indiferentes al hambre, indiferentes al sufrimiento e incluso indiferentes a la vida.
En un principio nos damos permiso, permiso a ser indiferentes, porque un poco es suficiente, es necesario, un poco alecciona corazones. Y con esa premisa nos quedamos, sintiéndonos satisfechos, con el ego a salvo y la dignidad de pie.
Pensamos que existe un punto de quiebre donde la evasión se desvanece, y nuestras lecciones cobran sentido. Un punto donde nuestros alumnos terminan por entender y dan paso a la empatía, a la cordialidad.
Lo cierto es que no es así, la indiferencia puede tener principio y somos conscientes de ello, pero el fin puede que nunca lleguemos a encontrarlo y en su búsqueda, la evasión cobre forma; enfriando el corazón de los que amamos, alejándonos de casa y negándonos la felicidad. Puede que un día, nuestra propia actitud, nos aparte de todo y nos hallemos muy solos... Solos pero con el ego enorme y el corazón vacío.
Al final puede que vivir y experimentar la indiferencia tenga sentido. Tiene sentidos si y solo si, en esa soledad podemos encontrar el punto de quiebre y descubrir que la indiferencia tenía final; que el ansiado punto de quiebre estaba muy cerca; estaba en nosotros.
Tiene sentido si podemos reconocer que fuimos indiferentes porque nos lastimaron; que libramos una lucha interna entre protegernos y tratar de dar lecciones; que nos escondimos y padecimos en silencio. Pero aún abatidos, descubrimos que el fin estaba en nuestro poder; en la decisión personal de no privarnos del contacto, de ser empáticos con el dolor ajeno y la vida de cada persona.
Por lo que si hemos de vivir la indiferencia que sea solo para saber que hemos estado ahí, hemos pretendido aleccionar al prójimo y en esa lucha nos hemos cansado, nos hemos transformado en el alumno; alumno por cuenta propia, y a veces en esclavo, cargando una cadena autoimpuesta, pero al final con la satisfacción de ser portadores de la fuerza capaz de romperla.

