viernes, 26 de diciembre de 2025

La Flor en la rendija

En la grieta donde nadie mira,
como un rayo de luz
que se cuela por una rendija,
lo halló.


Nunca creyó
que ese pequeño destello
pudiera iluminar el abismo
en el que yacía.


Con dos gotas de agua
la flor del desierto
se alimentó marchita


Primero llegó el silencio.
Luego, la calma
abrió espacio
entre el arrebol de sus mejillas
y el golpe estruendoso
de la lluvia sobre el suelo.


El viento meció
las hojas secas de la flor,
frágiles,
colgando de su tallo cansado.


Al final del otoño,
un brote inesperado floreció.
Incrédulo,
abrió los ojos:
tan cerca del invierno
y tan lejos de Dios.


En el tercer día,
una ola de néctar los golpeó.
Como una capa espesa de miel
el aire se impregnó,
borrando la esencia amarga
de las flores del desierto.


No hay memoria
de aquella anomalía en la matriz.
Nunca la hay
cuando lo inexistente cobra forma,
cuando lo relativo se impone
a la esperanza,
cuando la fe se ha perdido.


Sin embargo,
una serie de figuras retorcidas
regresan a su memoria:
una flor,
una rendija,
un ratón.


Y la pregunta inmóvil
que resuena en la grieta:
¿Fue real?,
¿existió para otros
o solo fue un gesto
en la delgada línea
entre la vida y la muerte?


Ya no importa dónde empieza 

o perece la realidad,
dónde se graban
o se aniquilan los recuerdos.


Hay presencias mínimas
que existen en ínfima potencia
y, como el aleteo de una mariposa,
al otro lado del mundo
desatan tifones.


Así fue el encuentro:
el ratón que se coló
por la rendija,
y la flor
que veía el mundo
desde ella.





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