Donde nadie mira
A la izquierda del mundo, en la grieta desde la que miro, un día creí que tu recuerdo bastaría para detener el tiempo, pero solo dejó en mis manos la tibieza de lo que no fue.
Y sé que no volveré a verte por lo que escribiré de ti, con candor; como la lava del volcán que arrasa la pradera destinada a florecer.
Voy a contarte que te necesité, como el campo seco implora a la tormenta, viendo apagarse a la fauna mientras espera el milagro del agua.
Hablaré del amor que te tuve, de que aún te amo, pero no podrás escucharlo: siempre fuiste sordo a mi voz y ciego a mis necesidades.
Te extraño, y apenas compartiste unos años conmigo; extraño la caricia que nunca llegó y los besos que jamás recibí, extraño la ilusión de haber sido tuya y de que nunca me abandonarías.
Añado el deseo absurdo de que un día por fin lo entiendas, de que me mires, me nombres, y me rescates de esta espera infinita de sentirme amada y protegida.
Deseo con todas mis fuerzas poder ser débil, frágil, suave; y me invade la envidia de la mujer sostenida desde niña, la que nunca tuvo que aprender habilidades ajenas a su alma.
Un día quiero dejar este cuerpo que ya no me sostiene, porque nací sensible y tuve que endurecerme, porque nací frágil y aprendí a llorar en silencio, porque este mundo gira a la derecha y yo siempre quise caminar a la izquierda, sin que nadie entienda por qué soy así.
Un día voy a escribir de ti, y quizá ni siquiera sepas que era para ti, porque tu mundo siempre fue tan grande como para nunca voltear a mirarme.
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