Voy a escribir sobre el deshonor y tal vez sea tan apabullante que quizás, esa vergüenza resane mi corazón, que no ha podido mirarme a la cara desde aquel día.
Por primera vez dejé que mi corazón tomara la batuta de esta orquesta compleja. Había pospuesto ese momento toda la vida. Olía muy bien, y hablaba mejor, pero no era mas que un canalla disfrazado de héroe; cual lobo con piel de oveja; me hablaba de amor y apuñalaba mi espalda.
Ese día perdí algo más que la probidad;
como tormenta, arrasó con todo; el amor propio, el honor, la dignidad...
Me siento vacía, como una vela que se extingue y solo queda el pabilo. Pero, ¿Qué estaba pensando? ¡Me voy a amarrar una cuerda a los tobillos; pero las manos no, porque las necesito para el jigai! Como onna-bugeisha voy a recuperar mi honor y quizá con ello pueda mirarme otra vez a la cara.
Si quien me ultrajó supiera lo importante que era para mi, quizás no habría pisoteado mi dignidad como lo hizo. Para el era como tomarse el café de las 6, para mi, el de las 3; ¡taimado, truhán, ladino!; incrédulo, escéptico... Casi agnóstico; me subestimaste, frente a ti hoy sonrío.
Porque aquel día descubrí dos cosas:
Que el héroe no era mas que un niño que quería una paleta y cuando la tuvo no supo que hacer con ella. Un cobarde que avienta una piedra y sale corriendo, que huye cuando la naturaleza se impone y le hace temblar las piernas.
Y descubrí a una mujer poderosa, fuerte, magna... Te voy a matar con el dolor de mi deshonrra, para que ya no existas, ni tu, ni yo, porque hoy voy a morir con esta bitácora del deshonor y tu así en mi cabeza. Pero yo, te hago una promesa, te juro; que mañana vuelvo a nacer, poderosa, fuerte, magna, asombrosa.
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